c.c.1 @ 23:04

Una mañana que empezó a nevar, todos los muchachos del pueblo salieron a jugar con la nieve.
Dos viejecitos Tomas y Julia también salieron a jugar para recordar su infancia. Quizás porque no habían tenido un hijo, amontonaron nieve e hicieron una niña muy bonita. Tomás la miró y se dió cuenta de que sus ojos blancos se convirtieron en azules como el mar cristalino y sus mofletes congelados, rojos como la sangre.
Los viejecitos la recibieron muy bien y, entre besos y abrazos, la acogieron en su cabaña.
Disfrutaron mucho esos momentos ya que, al no tener hijos, le daban todo lo que podían.
Una mañana que el sol empezó a salir, la niña empezó a palidecer:
- Me siento mal- dijo la muchacha - Creo que me muero.
Entonces el viejecito la cogió en brazos y la llevó a lo alto de una cumbre donde el viento era gélido y el frío congelador. Y allí estuvieron unos cuantos días, hasta que los rayos del sol llegaron hasta la más alta cumbre.
La niña se fue deshaciendo y estaba goteando como si sudara.
El viejecito la cogió en brazos y sintió como la niña se iba deshaciendo.
Al final, de la niña sólo quedó un charco.
Los viejecitos sentían su soledad.
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